miércoles, 28 de noviembre de 2018

Cuidado, no se atrofie el pensamiento

Recuerdo que en el colegio, hace unos cincuenta años y separados, claro, chicos y chicas, nos venían a decir qué debíamos saber y qué debíamos pensar; también qué debíamos creer, qué debíamos hacer, etc. Eran otros tiempos, sí, aunque es cierto que la educación sigue cuestionada hoy. Bien, pero ¿qué pasa luego, cuando crecemos? También aparecen personas prestas a pensar por nosotros. De hecho, parece a veces que se materializa el pronóstico aquel de Einstein sobre la generación de idiotas, y hasta casi dejamos que los ordenadores tomen las decisiones.


La información que por los medios nos llega puede resultar parcial (por incompleta o falta de objetividad), y a menudo se acompaña de los análisis, las inferencias, las conclusiones, las conexiones, las consecuencias…, de modo que nos queda asentir o cambiar de canal. En el desempeño profesional, se diría que lo de pensar está reservado a los ahora llamados líderes (bueno, desde hace ya casi unos 25 años), de modo que el subordinado, por muy experto que sea y universitario su origen, puede topar por un lado con las normas y procedimientos establecidos por mor de la calidad, y por otro, con un jefe-líder. El margen para el pensamiento y el sentido común se estrecha; a veces, la obediencia parece valorarse más que la inteligencia.

Ciertamente, y aunque se dice que vivimos la era del conocimiento y el aprendizaje permanente, ocurre a veces que el experto no puede aplicar su propio conocimiento, sino que ha de aplicar el del superior jerárquico, que, en calidad de jefe-líder, piensa por todos y decide. El líder es, desde luego, el protagonista de la literatura del management, aunque parece que en la vida real de las organizaciones no se habla tanto de liderazgo y seguimiento (posible seguidismo, se ve aquí), como de jefes y colaboradores (también empleados, subordinados, recursos humanos, etc.).

Es verdad que algunos grandes ejecutivos con experiencia y perspectiva han asignado al directivo-líder la función de catalizar la mejor expresión profesional de su entorno de responsabilidad (recuerdo ahora a John S. Rydz), lo que ciertamente es función cardinal y saludable; pero en libros y artículos de consultores y profesores de escuelas de negocios parece adularse al directivo-líder, dibujársele como héroe y acaso animársele así a capitalizar los resultados. Recuerdo haber leído, por ejemplo, sobre la dificultad de “lidiar con humanos”, porque tienen “edad, sexo y carácter”; lo recuerdo porque lo leí con estupor, y hasta pensé si los directivos, amén de líderes, serían divinos y no humanos.

Hace días y a través de enlace aparecido en Twitter, topé con que, si no se practica, el liderazgo se atrofia. Me quedé pensando que podría ser peor que se atrofiara el pensamiento y dejáramos que otros pensaran por nosotros; no obstante seguí leyendo aquel texto, que parecía distinguir entre líderes éticos y líderes manipuladores. Claro, lo de la ética en los negocios… Temo que la integridad de los directivos se ha descafeinado un poco. Lo digo por ejemplo porque, desde prestigiosas instituciones de mi país, se premió a un economista americano (Michael C. Jensen) por sostener que la integridad de los directivos nada tenía que ver con la moral y la ética, sino con mantener la palabra dada cuando se pudiera.

Sin mayores pretensiones, uno se ha preguntado repetidamente por la frontera entre el liderazgo de los directivos y su ejercicio de la manipulación. Me sumo a quienes piensan que la línea es permeable; o sea, que hay solape. El que lidera lleva a su gente por donde cree más conveniente, y así lo viene a hacer el que manipula; de modo que hay cierta coincidencia… Dicho esto, conviene añadir que la manipulación podría producirse con intenciones legítimas, saludables y hasta en beneficio del manipulado, como asimismo en contra de este, con intereses moralmente cuestionables. Del mismo modo, el liderazgo puede conducir a resultados satisfactorios o frustrantes, y valerse de medios que se sitúen dentro, o fuera, de la mejor entendida profesionalidad.

En la empresa ha venido siendo función de los directivos gestionar-manipular a sus subordinados en beneficio de los resultados (empresariales), lo que seguramente es más sencillo si colocamos al directivo el nimbo de líder. Me refiero a lo de motivar, prometer, informar lo justo y más conveniente, cultivar la confianza, sembrar la gratitud, etc. Bueno, también había lo de desplegar cortinas de humo, encasillar en estereotipos, hacer encargos-trampa para someter… Pero nos habíamos detenido en el liderazgo de los directivos para llegar a los dirigidos o seguidores, y alertar de la posible atrofia del pensamiento.

Obligado a seguir a alguien, el subordinado —y casi todos lo somos— puede incurrir en el seguidismo, que es una suerte de pasotismo, y hasta dejar lo de pensar para los fines de semana, salvo que el ocio tampoco obligue a pensar. Pues no. Todos hemos de cultivar el pensamiento, que no es exclusivo de quienes se consideran (o son considerados) pensadores. En la educación escolar habríamos de ir cultivando el pensamiento conceptual, analítico, sintético, exploratorio, inferencial, conectivo, sistémico, crítico, creativo, argumentativo, inquisitivo, empático…

Los expertos vienen ya alertando sobre la urgente necesidad de desarrollar el pensamiento crítico (no se trata de perseguir el error, sino de llegar a la verdad), para no incurrir en falsos aprendizajes al traducir la información a conocimiento; pero no olvidemos ninguna dimensión del pensamiento, en beneficio de nuestro desarrollo como seres humanos y de nuestro mejor desempeño profesional. Los mejores directivos, sintiéndose líderes o no, confían en el capital humano, y no ven en sus colaboradores meros recursos de carne y hueso, sino portadores de conocimiento e inteligencia.
Los mejores ejecutivos y directivos, teniéndose por líderes o no, seleccionan bien sus metas (evitan las equivocadas, imprecisas, inalcanzables, contradictorias, ajenas a la sinergia funcional…) y no privan a sus colaboradores del sentimiento de contribuir a su consecución con su esfuerzo e inteligencia; de sentirse competentes y necesarios.

No basta con que todos, dados al aprendizaje permanente, dispongamos de los conocimientos técnicos precisos para nuestra actividad profesional, sino que hemos de aplicarlos con inteligencia, en función de las circunstancias y en sintonía con las metas perseguidas y la estrategia corporativa. Además, la suma de conocimientos e inteligencia habría de servir a la inexcusable innovación, lo que no escapa a los directivos más efectivos, luzcan, o no, carisma de líderes.

Pensemos, pensemos todos, directivos y trabajadores, bien las cosas, sin paralizarnos por ello. No es fácil porque, si a uno le pillan en la oficina pensando, parece que no está haciendo nada; si piensa mientras va conduciendo el automóvil, corre riesgos… Hay posibilidades: si se acuesta pensando en un problema, lo mismo recibe un esclarecedor y oportuno mensaje intuitivo al despertar por la mañana. También hay quienes se reúnen para pensar juntos, pero en ese caso conviene llevarlo ya pensado. Tengan un buen año 2016, lo que les deseo desde Madrid, y no olviden que existimos en la medida en que pensamos (no descarten la idea).

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